MI HISTORIA ANTERIOR
Relatos de la Costanera Sur 1916-1918
Tercer Premio del Certamen Rastreando Recuerdos
Centro Internacional para la Conservación del Patrimonio
En este escrito recupero recuerdos de mi madre, ya fallecida, quien por esos aconteceres que ofrece la vida modeló tres años de su infancia en contacto con el Río de la Plata.
Múltiples y emotivos episodios contaba ella con reiterado placer. Narraciones que tanto me maravillaban de niño y hoy me siguen acompañando.
Para testificar autenticidad de lo aquí contado, he rastreado durante un largo período, datos y fotografías que al ser descubiertas parecieron estar esperándome en las gavetas del Archivo General de la Nación.
El armado de este rompecabezas incompleto por tanto tiempo, me ha dado el privilegio del reencuentro y la emoción.
La casa en el río 1916
Don Carlos Zanichi, era mi abuelo materno, genovés nacido en Ligonchio. Reconocido por su labor como capataz de la Walker & Co., constructora del Puerto Nuevo, recibió del entonces Ministerio de Obras Públicas de la Municipalidad, la oferta de trabajar en las futuras obras del Paseo de la Costanera Sur, gran oportunidad para conservar su continuidad laboral en épocas de crisis. Por tal motivo, la familia toda se trasladó de la casa en la que habitaban en Avellaneda a la vivienda ubicada dentro del inmenso obrador ubicado en el lugar donde hoy se erige el monumento a Luis Viale. (1)
En el traslado no faltó nada , incluidos, el perro “ Caronte’’, la cabrita asegurando la provisión de leche fresca sin faltar los enseres para elaborar el vino casero, práctica anual aborrecida por mi madre y sus dos hermanitos únicos encargados de pisar la uva.
Ubicada dentro del depósito de materiales, la casa de madera era confortable. Su fondo daba sobre el río, cuyas aguas en oportunidades llegaba hasta los pilotes que mantenían la construcción resguardada de las crecidas.
En poco tiempo los tres niños se hicieron habitantes de la costa. Reconocían por el sonido de las palabras la nacionalidad de los marineros y obreros que transitaban la obra en construcción.
Utilizando el catalejo que “Don Carlos “conservaba de sus viajes de ultramar, aprendieron a identificar el origen de los barcos que entraban al fondeadero. La llegada de las naves preanunciaban el arribo de antiguos camaradas de mi abuelo, que visitaban la casa trayendo de regalo alimentos que mi abuela con amor y sapiencia trasmutaba en manjares que despertaban con sus sabores y aromas nostalgias del lejano pese.
El vino generoso, el tabaco americano y la fragancia del café brasileño acompañaban las extendidas sobremesas donde eran inevitables recurrentes reseñas de la terrible guerra europea en la cual muchos de los asistentes se encontrarían implicados en el corto plazo.
Camino a la escuela
Debido a la carencia de vacantes en escuelas cercanas a la casa, mi madre comenzó su educación en la escuela Deán Funes de la calle Defensa 1431. El trayecto lo realizaba a pie tutelada por su hermana, con quien a diario cumplían el siguiente itinerario, luego de pasar por el puente que separa los diques 2 y 3, bordeaban la Aduana. Cruzando el Paseo Colón remontaban la cuesta de Avenida Belgrano hasta Defensa, de allí derechito a la placita Dorrego frente a la cual vivía su entrañable compañera de grado, “la turquita” Victoria Daian, que según parece remoloneaba en demasía para tomar su desayuno
Finalizada la espera durante la cual las dos Zanichi se reconfortaban comiendo galletitas ofrecidas por mamá Daian, las tres amigas se dirigían al colegio que se encuentra a pocos metros del Parque Lezama.
Del diario trayecto quedaría consolidado en su recuerdo la visión de los inquilinatos y sus miserias; el convoy de piezas con sus precarios fogones alineados a lo largo de los patios, la yerba secándose al sol y esa disposición permanente de hombres y mujeres para cantar tangos de moda cuyas letras junto con los versos de Almafuerte, la “Nona Inés” recitaría de corrido hasta avanzada edad.
El milagro 22 de junio 1918
Ver nevar por primera vez y contemplarlo con ojos de niño fue un espectáculo imborrable que mi madre relataba con renovado placer; en la media tarde el cielo de Buenos Aires se oscureció rápidamente, lo que comenzara como tenue llovizna se fue espesando en nevada que cubriría los árboles dando la imagen de sus ramas florecidas. Pese al intenso frío, la familia en pleno corrió hacia la orillas del río para presenciar el espectáculo de la nieve cayendo sobre el agua y la ciudad.
Frustrados jinetes 1918
Mi abuelo en su condición de capataz, tenía libre acceso al depósito anexo de la casa donde se resguardaban las figuras de la Fuente de las Nereidas, monumento que luego de intrigas y contratiempos cambiaba su emplazamiento en el Paseo de Julio (hoy L. N. Além y Perón) a la plazoleta del futuro Balneario Municipal.
Pese a cargar mi abuelo con bien ganada fama de severo, la curiosidad de sus hijos pudo más que la precaución y a escondidas los tres ingresaron al depósito intentando sin éxito montar un rampante caballo que era una atracción consensuada y compartida por los tres precoces insurrectos.
La instalación
El primer día del montaje del grupo escultórico los tres frustrados jinetes, pudieron contemplar a prudente distancia los trabajos de tan importante y atípica labor que demandaría largas jornadas en las cuales la escultora Lola Mora asumía personalmente la dirección de obra.
Más allá de los más y los menos, que el tiempo y la fantasía forjan en los recuerdos, cuatro detalles se mantuvieron constantes en las frecuentes narraciones que mi madre hacia del hecho. El día era gris y lloviznaba. Las estatuas de un blanco reluciente se encontraban dispersas sobre el pavimento. Lola Mora, bonita y morena, cubierta con un largo capote recorría en círculo la fuente. Su voz era potente y sus ademanes enérgicos. Los hombres de la cuadrilla, en silencio, obedecían respetuosos las permanentes directivas de aquella talentosa y polémica mujer de quien que tanto se hablaba.
El fin de la Gran Guerra 11 de noviembre 1918
El conflicto que consumía a Europa se vivía en Buenos Aires con angustia. Las noticias de algo cruel y distante agobiaba a la población, hecho fácil de vivenciar considerando que la ciudad se encontraba mayoritariamente habitada por inmigrantes europeo.
En la media mañana la maestra interrumpió la clase comunicando la noticia más esperada: “La guerra ha terminado”. Toda actividad en la ciudad se interrumpió al instante.
Durante el trayecto de regreso a su hogar Inés y su hermana Clementina marcharon en medio de una muchedumbre llorosa y exultante que convergía a la Avenida de Mayo entonando cantos espontáneos en los que se hermanaban el Himno Nacional con estrofas de la Marsellesa.
La sirena del diario La Prensa ululaba sin descanso, esta vez para anunciar un acontecimiento venturoso.
La temible epidemia de influenza y los serios conflictos sociales que en poco meses alcanzarían su punto máximo con Los terribles acontecimientos de la Semana Trágica no atenuaron los festejos que se prolongaron durante semanas.
Sobre los terraplenes del obrador silencioso por el feriado, danzaba la niña Inés agitando banderitas multicolores. Lejos, solo en la distancia, en un hospital de Roma, José, un joven soldado herido en combate se abrazaba a sus camaradas festejando el armisticio y la ventura de continuar con vida.
Diez y ocho años mas tarde, en Sarandí o en un lugar impensado, Inés y José generaban mi vida, de la cual les relato estas historias. |