El oscurecimiento
La consigna del día 22 de octubre de 1943 fue “esta noche a la cama, más temprano que nunca”.
Siempre era “a la cama temprano” con algunas excepciones durante el verano. Pero aquella vez la razón fue contundente:
Con motivo de la actual guerra que asola el Viejo Continente durante la noche se realizará un simulacro de oscurecimiento total. Nos encontramos lejos del conflicto bélico. Pese a ello, la población debe encontrarse preparada para evitar los riesgos de un bombardeo.
Según comentarios de la inquilina, que fuera informada a su vez por una vecina, comadre de la esposa de un cocinero del Hospital Militar, aviones salidos del Palomar surcarían los cielos nocturnos de Buenos Aires lanzando bolsitas rellenas con polvo de tiza allí donde detectaran una luz encendida. A media tarde, utilizando hojas papel carbónico y chinches cubrimos los vidrios de todas las aberturas. Recién oscurecida la tarde verificamos la calidad de la operación. Con dedicación plena, siguiendo las indicaciones de mi padre, me hacia cargo de subir y bajar las llaves de luz de las habitaciones, mientras él recorría los patios controlando las posibles filtraciones lumínicas. Todo estuvo en orden, sólo reforzamos algunas pequeñitas ranuras en las banderolas.
Durante aquella noche aguardé en vigilia la llegada de la escuadrilla. Percibí ladrar a los perros, muy lejos el tren, el silbato del sereno…sólo quietud, todo silencio y arribó el sueño.
Sobre la casa sobrevuelan aviones negros panzudos con alas de cuervos; nunca lo hubiera esperado, giran rozando los techos lechosos de luz de luna. Comienzan a descender sobre el patio se detienen a poca distancia del suelo. Por las rejillas de los sumideros surgen borbotones de soldados lagartijas. Ingresan a mi habitación por debajo la puerta formando humaredas, después se corporizan.Todo lo olfatean, se detienen para observarme, respiran junto a mi cara y se alejan. Unos tienen los parpados cosidos y otros un ojo rojizo que alumbra como una linternita, no puedo dejar de mirarlos, no puedo gritar y no quiero gritar, me sorprende tal grado de valentía. Antes de partir, el invasor devoró todos nuestros alimentos.De la canilla ya no surge agua, los lápices de mi cartuchera están quebrados, no encuentro mis deberes escolares, mañana pese a todo habrá clases y esto me preocupa.
Desnudito recorro las piezas vacías, mis pies no terminan de habituarse al frio. Han estallado puertas y ventanas, sólo quedan huecos parduzcos manchados por hollín, el viento aullante alimenta remolinos de cenizas y papel ennegrecido. Por instantes, cuando las ráfagas cesan, se incrementa el olor a roña. Respaldada en el borde de mi cama, una niñita se bambolea sobre sus piernitas de puro hueso. La ropita harapienta y escasa se ha cubierto de cenizas, también su pelo; no me mira, le soy inexistente; quizás no tanto, porque ahora me sigue detrás, por momento la escucho toser y percibo su tristeza montada en mi espalda.
– ¡Volvete a la guerra, me das miedo, no te quiero en mi casa!
La pequeña imagen no ofrece resistencia ni rebeldías, se detiene, se diluye, me entristezco, lloro y quisiera que regrese.
Desperté al amanecer antes que mis padres y la claridad total del día. Al instante supe que todo había sido un sueño. Con premura me lancé a los patios, ningún vestigio de tiza estallada.
Pleno de dicha volví a la tibieza de mi lecho. Habíamos triunfado.