NO VIVE YA NADIE...
Cesar Vallejo, Poemas Humanos
No vive ya nadie en la casa, me dices, todos se han ido. La sala, el dormitorio, el patio yacen despoblados. Nadie ya queda, pues que todos han partido.
Y yo te digo: Cuando alguien se va, alguien queda. El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo. Únicamente está solo de soledad humana el lugar por donde ningún hombre ha pasado. Las casas nuevas están más muertas que las viejas, porque sus muros son de piedra o de acero, pero no de hombres. Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitaría........
LA CASA PROPIA 1939
Recién cumplido mis dos años de edad, dejaba mi casa natal para incorporarme a la capitalina Villa Santa Rita, barrio que viera reducida su extensión a partir de 1906 cuando atendiendo el pedido de los vecinos del otro lado del Maldonado le cercenaron sus límites para crear el nuevo barrio Villa Gral. Mitre.
Hoy transitado los años y luego de hilar historias familiares puedo afirmar que si bien en la decisión del matrimonio estuvo presente esa aspiración tan italiana de tener un "techo propio", el motor que impulsó el cambio fue la necesidad de poner término a la dolorosa y nunca recomendable experiencia de ser inquilinos en casa de parientes y para colmo de males, habitar bajo el mismo techo.
La compra se realizó por un valor de 3.200 pesos y como el dinero era escaso y mucha la urgencia, sin otra solución a la vista firmaron con la Escribanía la temida hipoteca.
Tres años después, con esfuerzo y sin grandes penurias, cancelaron la deuda meses antes que mi padre perdiera su empleo quedando mi madre como único sostén económico. Periódicamente acompañaba a mi progenitor en su frustrada búsqueda de un empleo estable. Durante nuestro aciago retorno, mi pobre viejo repetía como un conjuro “per alguno la miele y per me la hiele”.
Durante tres años vivió el doloroso trance como una deshonra que temporalmente mitigaba cuando realizaba alguna changa.
La soñada casita era del tipo chorizo, hoy se las descubre encorsetadas entre edificios de departamentos, ennegrecidas por el olvido y la falta de cuidados, perdurando en compañía de sus viejos árboles que asomados sobre la acera se obstinan en brindar flores y frutos que ya no guardan el esplendor de la savia joven.
La estructura del edificio era una mezcla anárquica de arreglos y refacciones realizados a lo largo de años. Del original, registrado en la escritura como ya pre existente en el año 1922, sólo subsistían reconocibles un patio de ladrillones y un galpón semi derruido.
El frente tenía una puerta cancel obscuro, verde negra, a cuyos costados se levantaban dos paredes rematadas debajo de sus cornisas por una hilera de pequeñas columnitas panzudas, a las que trepaba desde el jardín encastrando mi cabeza entre ellas, para contemplar, los acontecimientos que se desplegaban en aquella limitada visión de la calle.
Atravesando el cancel, se accedía al mencionado jardín donde se apretujaban variadas especies florales y un jazmín del país. Un corto sendero de baldosas filigranadas llevaba a una segunda puerta de vidrios coloreados y rugosos que daba acceso al primer patio con galería. Sobre ella aireaban las habitaciones dispuestas en forma sucesiva y comunicada por puertas interiores.
En fútil intento por jerarquizar los dormitorios, sus paredes estaban decoradas en los frisos con estarcidos florales cuyos contornos desvanecían en la eterna humedad de la medianera. Cuando mejoraron las finanzas, invadiendo parte del patio se edificó un comedor “como Dios manda”. EL nuevo estatus en nada modificó la actividad hogareña que continuó desarrollándose en la amplia cocina, donde sobre la humildad del conjunto, se destacaba como un bien suntuario la compacta económica de hierro, artefacto al que tenía prohibido acercar mis inquietas manos siempre dispuestas a avivar el fuego introduciendo trozos de leña por el atractivo hueco de aquella incitante puertecita con bisagras de bronce.
La cocina y el baño daban sobre el patio más antiguo. Sobre el fondo se agrupaban un utilitario galponcito, el gallinero y la quintita en la cual mi padre cosechaba robustos tomates y reinaba la radicheta. La reducida porción de tierra era su oasis pero no el mío, divergencia comprensible si les cuento que yo era el encargado de salir a la calle para recoger la bosta de caballo con la que abonaba su pequeño huerto.
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