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Juan Pino
Buenos Aires - Argentina
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Últimos comentarios de este Blog

07/09/11 | 03:25: noemi dice:
hola, me encanto leer esta pagina, me sirve informacion de buenos aires, porque empiezo a escribir mi segundo libro, mi papà nacio allà, y creci con sus historias, de barrio capitalino!!
25/07/11 | 17:50: stella maris dice:
Hermoso blog, ! seguro que nos encanta rememorar las costumbres de nuestra infancia y que los mas jovenes las conozcan! Naci y creci en Devoto,y me gusta viajar en el tiempo a reencontrarme con esa etapa! Abrazos!
10/09/09 | 11:06: susana ricca dice:
ME ADHIERO A LOS COMENTARIOS QUE TE HAN HECHO, AUNQUE NO VIVI EN EL BARRIO, PERO ME HACES ACORDAR MIS CINES DE CONSTITUCION Y OTRO QUE ESTABA EN LIBERTAD Y M.T. DE ALVEAR PUES LUEGO DE IR A ESE CINE, MI MAMA NOS LLEVABA A COMER PIZZA AL \"CUARTITO\", ERA UN FESTÍN!. SU
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Quisiera alertar a los visitantes de estas páginas que las mismas no pretenden adquirir categoría de revisión histórica y menos aún alcanzar alturas de obra literaria, por el simple hecho de no poseer quien las escribe capacidades en grado necesario para tal fin.

Rememorando,intentar ser un lugar dedicado a los mayores de 50 años incluye narraciónes de breves episodios enmarcados en el acontecer cotidiano de un humilde barrio de Buenos Aires en la década de 1940, lapso a partir del cual la modernidad avanza sin pausas y comienza a diluirse la mixtura de añoranzas, utopías y costumbres pueblerinas dentro de la cuales transcurrieron los primeros años de mi vida.
Las poesías que figuraban en este blog pronto seran incorporadas al blog MomentAños en preparación-Gracias




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Rememorando - La casa propia 1939



Rememorando - La casa propia 1939

NO VIVE YA NADIE...

Cesar Vallejo, Poemas Humanos

 

 

No vive ya nadie en la casa, me dices, todos se han ido. La sala, el dormitorio, el patio yacen despoblados. Nadie ya queda, pues que todos han partido.

Y yo te digo: Cuando alguien se va, alguien queda. El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo. Únicamente  es solo de soledad humana el lugar por donde ningún hombre ha pasado. Las casas nuevas están s muertas que las viejas, porque sus muros   son   de   piedra   o   de   acero,   pero   no   de   hombres. Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitaa........

 

 

LA CASA PROPIA  1939

Recién   cumplido mis dos años de edad, dejaba mi  casa  natal   para incorporarme a la capitalina   Villa   Santa Rita, barrio que viera reducida   su extensión a partir de 1906 cuando atendiendo  el pedido de los vecinos  del otro lado del Maldonado  le cercenaron  sus límites para crear el nuevo barrio Villa Gral. Mitre.

Hoy  transitado  los  años  y luego  de  hilar  historias  familiares puedo afirmar que si bien en la decisión del matrimonio estuvo presente esa aspiración  tan italiana  de tener un  "techo propio", el  motor  que  impulsó  el  cambio  fue  la  necesidad  de  poner término a la dolorosa y nunca recomendable experiencia de ser inquilinos en casa de parientes y para colmo de males,   habitar bajo el mismo techo.

La compra se realizó por   un valor de 3.200   pesos y   como el dinero era escaso y mucha la urgencia,   sin otra solución   a la vista  firmaron con la Escribanía la temida hipoteca.

Tres  años  después,  con  esfuerzo  y  sin grandes  penurias, cancelaron la deuda meses antes     que  mi padre perdiera su empleo   quedando   mi madre como   único  sostén económico. Periódicamente acompañaba  a  mi  progenitor  en  su  frustrada búsqueda de un empleo estable. Durante  nuestro aciago retorno, mi pobre viejo repetía como un conjuro “per alguno la  miele y per me la hiele”.

Durante tres años vivió el doloroso  trance como una deshonra que temporalmente  mitigaba   cuando realizaba alguna  changa.

La  soñada  casita era  del  tipo  chorizo,  hoy se  las  descubre encorsetadas entre edificios de departamentos, ennegrecidas  por el olvido y la falta de cuidados, perdurando en compañía  de  sus viejos   árboles   que asomados sobre la   acera   se   obstinan en brindar   flores y frutos que ya no guardan el esplendor de la savia joven.

La estructura  del edificio   era una mezcla  anárquica  de arreglos y  refacciones   realizados a lo largo de años. Del original, registrado en la escritura   como ya   pre existente  en el año 1922,  sólo subsistían reconocibles   un patio de   ladrillones  y un galpón  semi derruido.

El frente tenía una  puerta cancel obscuro, verde negra, a cuyos costados  se levantaban  dos paredes  rematadas  debajo  de sus cornisas   por una hilera de pequeñas columnitas panzudas, a las que   trepaba desde el jardín encastrando mi cabeza entre ellas, para contemplar, los acontecimientos que se desplegaban en aquella   limitada visión  de la  calle.

Atravesando el cancel,   se accedía al mencionado jardín  donde se apretujaban   variadas especies  florales y un jazmín del país. Un corto sendero de baldosas filigranadas llevaba a una segunda puerta de vidrios  coloreados  y rugosos que daba acceso al primer patio  con  galería. Sobre ella aireaban  las habitaciones dispuestas   en   forma   sucesiva   y   comunicada   por   puertas interiores.

En fútil  intento  por  jerarquizar  los  dormitorios,  sus  paredes estaban  decoradas en los frisos con estarcidos florales cuyos contornos  desvanecían  en  la eterna humedad de la medianera. Cuando mejoraron las finanzas, invadiendo  parte del  patio  se edificó   un comedor “como Dios manda”.                                                                                              EL nuevo estatus en nada   modificó la actividad     hogareña que   continuó desarrollándose  en la  amplia cocina,  donde  sobre la humildad del conjunto, se destacaba como un bien suntuario  la compacta económica de hierro, artefacto al que tenía prohibido acercar  mis inquietas manos  siempre dispuestas a avivar el  fuego introduciendo      trozos  de leña  por  el  atractivo  hueco  de aquella  incitante  puertecita   con  bisagras de  bronce.

 

La cocina y el baño daban sobre el patio más antiguo. Sobre el fondo se agrupaban  un  utilitario galponcito,  el gallinero y  la quintita  en la cual mi padre cosechaba robustos  tomates   y reinaba la radicheta. La   reducida   porción   de   tierra era   su oasis pero no el mío,   divergencia   comprensible si les   cuento que yo era el encargado  de salir a la calle para recoger la bosta de caballo con la que abonaba  su pequeño huerto.

 

 


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