El velorio 1943
La resistencia a modificar usos y costumbres sumada a la aprensión por los nuevos aparatos eléctricos, fueron las barreras que debieron superar los modernos artefactos para ingresar al barrio.
El método de calefaccionar las camas no escapó a la regla. El innovador calientapiés eléctrico confrontó por varios inviernos con la bolsa de goma, el porrón de ginebra lleno de agua hirviente y el ladrillo calentado en las brasas y envuelto luego en paños de lana.
Existía otro procedimiento, casi en desuso, que conocí una noche y de la que guardo imborrable recordación.
Debido al fallecimiento de mi abuelo materno, mis padres se ausentaron por un día para estar presentes en el velatorio que se realizaba en la vivienda del fallecido. Debí entonces pernoctar en casa de una vecina, planchadora desde niña y viuda desde hacía pocos meses.
El dormitorio era amplio y mal iluminado por un solo velador con pantalla de opalina cerosa y marmórea.
Antes de irnos a dormir la solícita señora comenzó a calentar el enorme lecho matrimonial, pasando por largo rato sobre la sábana de hilo una de sus planchas a carbón. En penumbras la negra figura de la mujer, se mecía sobre el rojizo resplandor emergente de los carboncitos insertos dentro la plancha. La escena revivió crudas descripciones del fuego satánico que de corriente nos era brindada por el axiomático padre Domingo.
Penetrado por crecientes temores sólo atiné a murmurar
– Buenas noches - y me acosté, hecho un ovillo, de espaldas a la viuda -si pasaba algo, mejor no verlo venir.
Pensar que mi cuerpo ocupaba espacios originarios del difunto esposo en conjunción con indelebles imágenes de ardientes puniciones, provocaron en mí personita creciente desasosiego. Mis constantes vueltas en la cama las remataba con rodillazos en los riñones y piernas de mi estoica anfitriona.
Los dos recibimos al nuevo día sin habernos reconciliado con el sueño.
No tengo dudas que nuestro desvelo superó con holgura la vigilia de los asistentes al velorio.