Era El Corso, punto de encuentro masivo para exhibirse entregándose a la diversión colectiva. Cada barrio organizaba el suyo. El entorno era un contexto propicio para el inicio de muchos romances y no faltaron en sus noches reyertas de fuste y hechos delictivos que por años formaron parte de las leyendas urbanas. .
Hubo corsos famosos como el de La Boca o el de Flores, a los que concurrían multitudes, pero en magnificencia ninguno superaba al Oficial de la Avenida de Mayo. Allí las máscaras, comparsas y carruajes recibían galardones que en años de bonanza en nada diferían de las preseas olímpicas.
Cada día del festejo, a las 19 horas, el Señor Agente de Policía cortaba el tránsito. Los ómnibus desviaban su recorrido y los tranvías, aprovechando el desvío de vías existente en Juan Agustín García, reiniciaban desde allí su regreso a la terminal. Desde esa esquina del Mercadito Nazca hasta Carranza, la avenida se trasformaba un paseo peatonal engalanado con pancartas y guirnaldas de luces coloridas que cruzaban de vereda a vereda. A lo largo del trayecto se instalaban puestos para la venta de variados objetos celebratorios.
Estaba vedado levantar papel picado del piso, lanzar serpentinas sin desenrollar o tirar bombitas de agua. El control sólo se cumplía en parte y hasta el paciente vigilante era blanco de los juegos prohibidos. Un adelanto técnico eclipsó a los tradicionales pomos de agua florida: el diminuto lanza perfumes, un sifoncito de vidrio que al ser presionado disparaba un chorrito de éter, provocando gélidas sensaciones al impactar en las piernas, espalda o escotes de las damas, que reaccionaban en grado tal que ponía en duda aquello de sexo débil.
Con el avance de las horas desfilábamos sobre un colchón de confetis y serpentinas. Los disfrazados, ocultos detrás de antifaces o inquietantes caretas, representaban roles de la caricatura y lo siniestro. Los más pequeños metíamos bochinche con nuestros pitos de latón y coloridas matracas. El ruido era atronador. Risas, cantos y recriminaciones alcanzaban un paroxismo que de improviso comenzaba a decrecer penetrado por cercanos sonidos de redoblantes y bombos que preanunciaban el paso de la primera comparsa de la noche.
Los espectadores emulando al mar del relato bíblico se abrían raudamente hacia las veredas para contemplar su desfile.
A partir de aquella irrupción, el espacio se nutría de cuerpos trepidantes, barnizados de lentejuelas y purpurina. Ondulaban sobre sus cabezas banderolas que en letras de oro y plata indicaban el nombre del conjunto y su prosapia; “Los Viciosos de Almagro”, “Los pecosos de Chacarita”, “Los Curdelas de Saavedra”, “Los Linyeras de La Boca”, “Los Cometas de Boedo”, “Los Locos del Spinetto”, “Los Curdelas de Barracas”, “Los Mimosos de la Paternal” y otros tantos que se han evaporado de mis recuerdos.
La savora te da gusto y del gusto voy a hablar
Salimos de las tinieblas
y fuimos a la oscuridad.
Hoy te aumentan un diez por ciento
lo hicieron para su bien
ya te subieron la papa, la azúcar y el kerosén
Mas tarde hacían su paso las impecables agrupaciones musicales identificadas con colectividades étnicas e instituciones nacionales. Eran de infaltable concurrencia la Stella di Roma, Amanti a Castagna, Orfeón Gallego, Los Marinos del Sud y La Marina del Plata. Ambos exponentes genuinos de su entorno social, unos encarnaban el ruido que lacera, el contorsionismo, los colores fulgurantes, el canto casi obsceno y la crítica social y otros el orden, lo ceremonial, la morriña del terruño, la capacidad musical. Dos expresiones del vasto muestrario de contrastes, sustentos del Carnaval.
Los elencos actuaban sobre un tablado levantado en las cercanías del palco oficial. Debido a lo distante del escenario y la distorsión del sonido, mucho público perdía interés por la representación y retornando al divertimento reiniciaba las batallas hídricas de la tarde, esta vez en forma un poco más civilizada, digamos que sólo un poco.
Pasada largamente la medianoche y sin nuevas motivaciones el cansancio y el hastío apuraban el regreso.
En grupos de andar cansino retornábamos a las casas. Las madres alentando el paso los remisos y los padres cargando en sus brazos a los extenuados. Durante el trayecto, pocas palabras y recurrentes: el agobiante calor.
Los noctámbulos remataban su fiesta en la pizzería Chiesa saboreando una “mitad mozzarella y mitad anchoa”, acompañada con moscato o cerveza helada.
La muchachada amante de la milonga luego de una lavadita reforzada con toques de Colonia York, enfilaba para el Club Imperio Júnior donde daban cátedra de tango y cabriolas del flamante ritmo del boogie-boogie.
Con la evocación de aquellos tiempos estas imágenes, llegaron a mi recuerdo lentamente, como lo va siendo mi paso, acaban de visitarme y con pleno regocijo he vuelto a ser niño.