Los primos
Éramos tres los primos, Titi la mujercita, Carlitos y “El Negrito” o sea yo; el menor.
Los visitaba una o dos veces al mes acompañado por mi madre. Para entonces, ellos aún vivían casa por medio, frente al viaducto en las cercanías del actual Alto Avellaneda, nunca viajaban hasta mi casa porque La Paternal, quedaba muy lejos.
Siendo niños, compartíamos veranos frecuentando las piletas de Quilmes y su Costanera.
Carlitos era un rubión delgadito y fibroso de ojos claros, no había conocido a su padre fallecido en un accidente vial y se las traía con sus rabietas soportadas por casi todos.
Titi se llamaba Dora, a igual que su madre. Era la mayor de nosotros, regordeta, también rubia de ojos azules, dulce en su decir como los damascos, cuando son dulces.
Con ella comencé el aprendizaje para mi futura vinculación con el sexo femenino. Amante de los libros y del buen comer, Titi desplomaba su redondez sobre un sillón de mimbre, dedicando gran parte del fin de semana a sus dos aficiones. Desde su horizontalidad sin apartar la vista de la lectura me llamaba quedamente: -Negroooo.
Escuchar mi apelativo era la introducción al pedido de acercarle galletitas, frutas y caramelos. La situación se reiteraba varias veces y yo era feliz de atenderla. A su mínima demanda salía disparado, sabedor que mi presto servicio tendría recompensa en alabanzas a mi diligente actitud y el encanto de escuchar echadito a sus pies los relatos de La Ilíada.
Con Carlitos pese a los mutuos celos, invariablemente me divertía y extrañaba no verlo. Me prestaba sus bonitos autitos de colección, jugábamos a la pelota y a falta de ella con todo objeto. El peligro surgía cuando su humor se nublaba. Así fue como terminé sin previo aviso cayendo de un alto olivo al que me había invitado a trepar. También gracias a su gestión, conocí en lo profundo, y no es una metáfora, la hondura de un zanjón de riego.
Mi primo, acostumbrado a la exclusividad de vivir en casa de los nonos, marcaba límites en su feudo y me lo hacia recordar de variadas formas, no siempre cordiales. Ya con anterioridad a estos hechos, había avisado de su encono cuando siendo yo un bebé de meses, me ocultó como un paquetito debajo la cama materna, originando momentos de zozobra en la familia. Aquello sólo era el comienzo.
Los dos con sus diferentes formar de querer me estaban dando aviso que en la vida material nada es permanente y de continuo alternamos luces y sombras, lo comprendí mucho más tarde en el mundo adulto